Mario, Laura, Tito y yo, salimos de Barajas el pasado jueves con un poquito de retraso, pero ilusionados por lo que estaba por venir. Era uno de esos típicos viajes a los que en un principio se había apuntado mucha gente, que después poco a poco fueron cayendo de la lista.
Cuando vimos que en la zona donde estábamos no había ni un sólo turista, quisimos deshacernos de nuestro cicerone, y seguir la ruta por nuestra cuenta. Después de la correspondiente propina, y de dar muchas vueltas por el laberinto de callejas estrechas, conseguimos dar con la muralla, no sin antes tener que aceptar a otros 2 guías que nos salieron al paso. Es curiosa la manera ésta de buscarse la vida... La entrada es amable: "La Plaza, por aquí, venid conmigo". Y después, cuando termina la visita (siempre a voluntad del cliente), extender la mano y reclamar siempre más dinero. Y tú, con tu manera occidental de ver las cosas, piensas "has sido tú quien se ha ofrecido a venir conmigo, haber avisado de que ésto tenía un precio". Y ellos con su cultura "buscavidas" piensan "¿Qué te creías, que esto iba a ser gratis?".
El viernes por la noche, la mayorista con la que viajábamos nos ofreció una "cena típica", con cena en jaima, espectáculo típico marroquí y exhibición ecuestre. Esto es como cuando los guiris vienen a Madrid y les llevan a ver un espectáculo de flamenco en la Cava Baja y a comer un plato de paella. Yo lo llamo "la turistada". Y así es, pero ¡es que somos turistas!. Llegamos al recinto, en forma de castillo, y allí había más de 30 autobuses... jajajaja... Yo que me lo había imaginado como algo íntimo... Al final la experiencia fue buena: un lugar lleno de encanto, con un palenque central rodeado de jaima, y docenas de personas tocando, cantando y bailando folklore típico marroquí, una generosa cena a base de sopa de tomate picante, cordero asado, kuskus y fruta, y un espectáculo de caballos con su correspondiente danza del vientre, sin faltar una alfombra mágica. Muy chulo.
El resto del sábado lo dedicamos a vagabundear-pasear-arrasar en el Zoco. Entrando por la plaza de Djemaa El Fnaa (o algo así), donde los vendedores de artesanía, encantadores de serpientes, músicos, brujos y cuidadores de monos la convierten en un auténtico hervidero de gente, llegamos al Zoco. Mi amigo el Trampas me dijo "para ver todos los zocos de Marrakech necesitas al menos 4 días". Y pensé "qué exagerado". Qué incrédula... No sabría decir cuánto tiempo se tarda en recorrerlo, porque son calles y calles, una red sin orden ni concierto en la que, una vez que entras, no sabes si has pasado o no 2 veces por el mismo sitio. El zoco de Marrakech es un laberinto lleno de lámparas, pañuelos, cachimbas, teteras, zapatillas... En el zoco de Marrakech conocen muy bien a los españoles, y más aún a las españolas: "¡María José, Carmen, María Pilar!". Debe ser que cuando llegamos allí nos convertimos en compradoras compulsivas. Se dirigen a ti como no se dirigen a sus mujeres, aprovechan para alegrarse un poco la vista mirando lo que buenamente pueden, y hacen el juego de decirle a tu chico "Pedro (todos los españoles se llaman así), te doy 3000 camellos por la mujer".

